lunes, 17 de julio de 2017

Genialidad o Delirio

La mente, mareada, le dió varias vueltas tras saltar y escapar del muro que la hubo mantenido reclusa durante tan largo tiempo. Ahora, en su renacido cosmo de reglas de estilo, con su mente más allá del muro, todas las direcciones volvían a ser posibles. Volvía a ser. Regresó libre.
Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Capítulo 1.- Rayuela 
Nuestro anónimo personaje era un escritor novel, ingenuo y engreído que iba a atreverse a juzgar al autor de Rayuela, es decir, a Julio Cortázar, uno de los grandes maestros de la literatura contemporánea. Él, fruto de su pretenciosidad, quiso compararse con el maestro, subrayando con lápiz los pasajes que le recordaron a algunos de sus viejos escritos.
· Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad. La Maga no sabía que mis besos eran como ojos que empezaban a abrirse más allá de ella, y que yo andaba como salido, volcado en otra figura del mundo, piloto vertiginoso en una proa negra que cortaba el agua del tiempo y la negaba.
Capítulo 2.- Rayuela
Julio Cortázar
Después de analizar las primeras páginas supo que Cortázar era el reflejo de una mente desorganizada, única e irrepetible; sólo le faltaba aclarar si estaba ante una genialidad o ante un delirio literario de 155 capítulos. Le emergieron mil dudas. ¿Era su estilo de escritura correcto? Se preguntó con rigor (ojo, con todo el rigor que puede tener alguien que ha leído únicamente veinte páginas y alguno de sus cuentos). Para responderse tuvo que recordar que, tiempo atrás, se sintió gravemente herido al percatarse de que sólo su mente le consentía su estilo como algo estructurado y no así sus críticos, los cuales, cito textualmente, advirtieron que "sus textos son extensas y complejas divagaciones un tanto incoherentes, que son como leer un libro con los renglones torcidos, provocando una tremenda fatiga al lector que no sabe nunca dónde está, si aquí o allá".  Para él este fue un momento demoledor que le llevó a abandonar temporalmente la escritura, un error del que ahora estaba empezando a ser consciente. Si Cortázar escribió éxitos con este estilo, ¿por qué no él?
· La Maga se peinaba, se despeinaba, se volvía a peinar. Pensaba en Rocamadour; cantaba algo de Hugo Wolf (mal), me besaba, me preguntaba por el peinado, se ponía a dibujar en un papelito amarillo, y todo eso era ella indisolublemente mientras yo ahí, en una cama deliberadamente sucia, bebiendo una cerveza deliberadamente tibia, era siempre yo y mi vida, yo con mi vida frente a la vida de los otros
Capítulo 2.- Rayuela
Con todo y con eso, utilizar a Cortázar para evadir a sus críticos habría sido una estúpidez y un atentado contra el buen criterio ya que, si hacia autocritica, el contraste de sus escritos con los de Cortázar le resultaba casi automático: era como vislumbrar la inmensidad que separa lo vulgar de la genialidad. Además, él, para contentar a sus detractores, se había vuelto simple y predecible, todo lo contrario a un Cortázar al que, si bien para entenderle había que sumergirse en cada una de sus frases para destriparlas una a una, también era cierto que, a veces, la clarividencia de lo que creía leerle no le llegaba hasta varias frases después, o tal vez nunca, pareciéndole el paisaje de letras un surtido de frases inconexas. Sólo cuando hubo aprendido a lidiar con una mente difusa, fue que comenzó a disfrutar de la extraña escritura de Julio Cortázar, viéndose entonces absorbido(gratamente) por los impredecibles giros de cada línea, sin llegar a tener nunca muy claro si estaba comprendiendo a los personajes, al escritor, al narrador o váyase usted a saber lo que hubiese que entender. Era un escritor difícil de leer, cierto, pero, ante todo, era mágico. Era Cortázar y punto.
· Salir, hacer, poner al día, no eran cosas que ayudaran a dormirse. Poner al día, vaya expresión. Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara. 
Capítulo 3.- Rayuela
A partir de aquí nuestro escritor quiso recuperar su viejo estilo, atreviéndose con textos más caóticos. Quería transmitir de nuevo su espontaneidad, es decir, la esencia de como se piensan las cosas y no tanto cómo se escriben. Iba a reconstruir lo deconstruido, iba volver a ser.
Los contactos en la acción y la raza y el oficio y la cama y la cancha, eran contactos de ramas y hojas que se entrecruzan y acarician de árbol a árbol, mientras los troncos alzan desdeñosos sus paralelas inconciliables. «En el fondo podríamos ser como en la superficie», pensó Oliveira, «pero habría que vivir de otra manera. ¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro.
Capítulo 22.- Rayuela 

domingo, 16 de julio de 2017

Ambivalencia Obsesiva

"Por muy tarde que fuese, cada noche, antes de dormir, recordaba su vida anterior. En esa vida no había sido una buena persona aunque, si se esforzaba y hacía un ejercicio de franqueza, tampoco consideraba que hubiese actuado con excesiva maldad; más bien había sido una persona egoísta. Esto, quizá, era lo quería creer para no sentirse alguien siniestro y culpable. Y esto último sí que era egoísmo. Él lo sabía.
«¿Cuánto tardaré en olvidar mis desdichas?», su pregunta profundizaba sobre su permanencia en el infierno mental que recreaba todas las noches, un infierno que le mantenía preso entre sus pecados y un insomnio que no desaparecía hasta varias horas después. Al menos, se decía, el sentimiento de culpabilidad descartaba que fuese un psicópata sin escrúpulos. Sólo necesitaba perdonarse por haber hecho sufrir a la persona que más quería, pero perdonarse no entraba dentro de sus mejores aptitudes. Sería una empresa larga y difícil que, en su idioma, significaba que iba a ser una  enorme putada."
Como futuro escritor, no le gustaba éste texto ni lo que le sobrevenía. El personaje le repugnaba hasta tal punto que tener que escribir sobre él le dinamitaba el estado de ánimo. Tampoco sabía como continuar la narración y esto le inquietaba, primero, por no saber si era debido a una falta de empatía con el personaje o, por el contrario, a una superempatía que lo hermanaba a él; y segundo, porque su meta era escribir cinco páginas diarias y, sin embargo, llevaba una semana desechando páginas y páginas por no sentirse del todo orgulloso de lo que estaba creando. Sabía que inspirarse en hechos reales le acabaría revolviendo las entrañas pero, lo que nunca imaginó, es que se quedaría estancado con tanto dramatismo. Estaba tenso y no paraba de morder la punta del bolígrafo, masticando los trocitos que iban desprendiéndose del boli hasta que le llegaban al fondo de la garganta, atragantándose con ellos para, finalmente, escupirlos sobre el papel. Era masoquismo literario, por eso cualquier vicio era bueno para distraerse y mantener su obsesividad a raya; cualquier nimiedad, por estúpida que fuese, era perfecta para escapar de su mente. Debía procrastinar más y no ser tan obsesivo con el detalle.
Releyó todo lo que hoy había escrito e inmediatamente hizo varias bolas de papel que fue encestando, una a una, en la papelera del despacho. Estaba irritado y sentía que tanta improductividad le estaba haciendo perder el hilo de la historia principal, viéndose tentado de aparcar el texto y seguir escribiendo algún capítulo que le recompensase a corto plazo. Pero no. Se sentía en deuda con este personaje, el cual había condenado a recordar sus malos actos, una y otra vez, cada una de sus malditas noches, atrapándolo dentro de una pesadilla perpetua. Así que no lo abandonaría para continuar con la narración principal, eso sería desalmado. Al fin, una vez que hubo asimilado  y comprendido su dichosa conexión con el personaje, decidió acabar por la vía rápida. Los dos estaban condenados a reflotar al unísono de sus vidas e iba a hacerlo ahora mismo. Se acercó a la basura y hurgó entre los papeles, alisándolos de nuevo para intentar recomponer el puzzle que suponía enfrentarse a sus miedos. Estaba fatigado pero tras unas horas de arduo trabajo casi que ya lo tenía. Había conseguido montar un personaje que le desagradaba y le enamoraba a partes iguales. Después de todo, se parecía a él. Y eso le obsesionaba.

Inhibición Latente

La agencia estatal de meteorología lo venía avisando hasta que llegó con fuerza. Sí, ahora la ola de calor era real: Sevilla era un infierno a más de 45º.
En esta época del año era un clásico que el sevillano de a pie se preguntase si prefería el calor de verano o el frío de invierno, un debate insustancial que, para él, se contestaba tan solo con mirar sus áridas y desiertas calles en las que, si encontrabas vida, sólo podía tratarse de una familia guiri con los rostros sudorosos y colorados. Los guiris eran la excepción que confirmaba la regla.
—¡Mira! Otro extranjero desafiando a su propia naturaleza. No entiendo como pueden disfrutar con este clima—le afirmó rotundamente a su acompañante, amigo desde la Universidad.
—Buah, no cambiaría esta terraza con aire acondicionado por nada del mundo.
—Eso lo dices tú, que tienes una vida estable y organizada—le espetó con la jarra Cruzcampo—. Mi vida es un desastre llena de problemas. Los médicos utilizan el término idiopático cuando desconocen las causas de un problema. Epilepsia idiopática. Migraña idiopática. Fibrosis pulmonar idiopática...
—¿Y eso que tiene que ver?—le interrumpió su amigo con brusquedad.
—Pues que mi vida es una vida idiopática, que emana del caos y se retroalimenta de síntomas que no le importan a nadie.
— Uhm, ¿has ido de nuevo al médico?
—Dejé de ir porque, ¿para qué? si no hacen más que marearme buscando un diagnóstico que todavía no existe en la medicina actual, porque, dime, si éste existiese yo no andaría tan perdido; sería sota, caballo y rey y no un diagnóstico random en cada visita. ¿Verdad?
—Seguro que alguno de tus síntomas destaca sobre los demás y los relaciona a todos. Causa-Efecto.
—Creo que sí. Sigo pensando que tengo la inhibición latente baja, que implica que no filtro bien la estimulación sensorial externa(auditiva y visual) y eso me tiene sobrecargado. Estoy agotado del mundo. Hasta la polla, vamos.
—No imagino lo que puede ser no filtrar esos sonidos de los que tanto te quejas.
—Un maldito infierno. Percibes el mundo con más realismo, eso es cierto, pero este realismo sólo conlleva problemas y más problemas. Por ejemplo, la nitidez con la que se percibe un estímulo sensorial es el resultado de inhibir el entorno sobre lo resaltado; es decir, el estimulo se percibe sobre lo demás. Por contra, ser incapaz de inhibir adecuadamente a tu entorno sobre un estímulo objetivo es convivir con el caos. El mismo sonido ambiental es un claro ejemplo: percibo por igual a la persona que estoy escuchando que al aire acondicionado. Percibo por igual al grillo que hace cri cri cri que a la película que veo. Todo es una orgía de información.
—Una putada, amigo; ¿qué fue del investigador de Inhibición Latente que visitaste?
—Nada, le conté mi caso, se interesó y lo olvidé. Cosas del condicionamiento clásico y de no querer ser la cobaya. ¿Sabes? El mismo alcohol que estoy ahora consumiendo me reafirma en mi hipótesis. Ojalá percibiese el mundo como lo percibo ahora.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Qué hace calor. Así de simple.
—No lo entiendo, calor hace, con o sin alcohol en sangre.
—Pues la diferencia es que sin alcohol hace calor mientras suena de fondo Birdy y el camarero recoge vasos haciendo un ruido infernal. Ah, en la mesa de la izquierda gritan demasiado, en la mesa de la derecha hay una expareja peleándose por la custodia del perro y en la de enfrente andan como autistas con el móvil. Y eso sin hablar del tío de las tragaperras y del gitano que vende DVDs. Desde que empecé a beber alcohol sólo existe tu mesa y me importa tres carajos lo que ocurra alrededor.
—Pues brindemos por el silencio.
—Y por la inhibición del cerebro que lo hace posible.

lunes, 10 de julio de 2017

Narrativa

Se resistía a admitir que lo que le ocurrió años atrás fue debido a un mal momento personal. Además, era demasiado orgulloso para aceptar que sus formas de actuar no fueron las idóneas. Pero es que, una vez hubo reconocido las sensaciones, supo que no aguantaría más. Su vida sentimental acababa de hacer crack y estaba con esa tensión reprimida que le pedía a gritos que hiciera saltar todo por los aires. Todo. ¿Las consecuencias? no le importaban. Podría haber huido como hacen los cobardes, pero estaba demasiado anclado a la raíz del problema. Por eso decidió inmolarse de forma controlada, por si aún existía una remota posibilidad de reparar lo que creía ya irreparable.
—Soy un ser destructivo—se dijo frente al espejo, observando sus prominentes ojeras. Entonces recordó que la noche anterior estuvo escribiendo hasta muy tarde. Se dirigió a la mesita de noche y cogió el cuaderno, que se abrió automáticamente por las últimas anotaciones. La caligrafía era pésima pero con esfuerzo consiguió descifrarla.
«Las personas son pura narrativa, como este texto o como lo que piense y escriba mañana. Las vivencias existen en cuanto que pueden ser recuperadas de la memoria autobiográfica y ser expresadas con palabras, tomando (sólo entonces) consciencia de ellas. Estos hechos vividos, al ser recuperados de la memoria y ser interpretados por la conciencia, son distorsionados; es decir, un hecho pasado es solo un recuerdo traído a la mente, siendo una mera aproximación de una realidad ya pasada. La primera conclusión de esto es que la conciencia es un proceso cognitivo que sólo existe en nuestro presente inmediato, es decir, somos conscientes de algo para inmediatamente dejar de serlo. La segunda conclusión es que [...]. Resumiendo, somos la constante reinterpretación de nuestros recuerdos, una reinterpretación recursiva. Reinventamos la realidad a nuestro gusto, narrándonosla y renarrándonosla arbitrariamente y, sí, estamos condenados a no entendernos jamás, cada paso que damos hacia nuestro entendimiento es un paso en vano, caminando en ciclos sobre un laberinto sin salida. Sobre las emociones, puedo admitir que no encajan dentro de la narrativa pero, en su conjunto, pueden verse como patrones de personalidad que pueden ser, también, narrados; es decir, no importa cómo sientas en un instante, sino su contexto y cómo éstas emociones te afecten, por tanto, podemos describir el contexto de una emoción para que el lector empatice con ellas. ¿Existe algo de la psique que no pueda ser narrado?»

Inspiró profundamente conteniendo la respiración. ¿Por qué divagaba sobre narrativa? Era un texto denso y complejo. Por fin, expiró, expulsando junto al aire todas sus dudas. Estaba de acuerdo con lo que acababa de leer pero, por supuesto, dentro de unos márgenes. Si la única forma de narrar una emoción era describirla y contextualizarla mediante una serie de puntos con los que el lector simpatizase, entonces, intentar modelar la psicología de las personas en unos pocos párrafos era una quimera. Ciertamente, era una basta aproximación incompleta pero que, como base, le serviría para el experimento que iba a llevar a cabo. Cogería escritos suyos y se drogaría para darle un plus a la distorsión que ya supone recordarlos. A aquello que los textos le evocaban le iba a asociar nuevos matices. Nuevos colores. Para ello, la marihuana era perfecta ya que es una droga que modifica el proceso asociativo del cerebro. Quería confirmar su tesis de que, si el ser humano era pura narrativa, le bastaría con recrearse en textos pasados el suficiente tiempo como para alterar los recuerdos que le evocaban. Esto es, crearía nuevos recuerdos, similares a los anteriores, pero distorsionando lo distorsionado(lo recordado) hasta que los textos tuviesen una motivación distinta a la original. Es decir, si la motivación al escribir un texto fue X, ahora sería X', y esto, por su forma impersonal y sintetizadora de escribir, no le sería difícil. Iba a enloquecer controladamente sobre unos esquemas previos; esa era la idea.

Las primeras dos semanas estuvo todo el tiempo bajo los efectos psicoactivos del cannabis, hasta la intoxicación aguda y más allá, siguiendo siempre el roadmap preestablecido. Vivió mil aventuras en su mente, todas de acción y persecución, todas derivaciones de sus textos, como había calculado. Hasta tuvo un episodio de erotomanía que le hizo ser consciente de que todavía podía enamorarse. Fue entonces cuando tomó conciencia de que tenía que acabar con todo, con el experimento y con su vida actual. Clic. Y pulsó el detonador para observar la explosión de su vida en mil pedazos. 

Las siguientes dos semanas fueron de crisis total. Al cambio abrupto de vida se le sumó el proceso de desintoxicación, pero esto no fue lo peor, sino el orgullo de querer creer que lo que había estado haciendo tenía algún sentido. «¡Por supuesto que lo tenía!», quería creer. Intentó racionalizar sus últimas semanas, buscándo la lógica que le llevó a creer que estaba haciendo algo productivo con su vida, pero su agitación mental le hacia verlo todo con delirios de grandeza. Ese estado de grandilocuencia era debido al episodio hipomaniaco residual provocado por las drogas psicoestimulantes. 

Meses después, cuando todo por fin hubo pasado, observó tanto el proceso experimental como sus consecuencias. Lo admitía: el experimento fue una excusa para desconectar de su frustrada e infeliz vida, llevándolo al límite hasta perder el autocontrol. Sin embargo, nada le impedió aprovechar la experiencia vivida para sacar sus propias conclusiones. Debía ser cruelmente escrupuloso para no caer en sesgos porque, si somos narrativa como quería demostrar, ¿no estaría intentando resumir varias narraciones en una nueva narrativa? ¿Y si ésta nueva narrativa fuese el resultado de querer justificar algún sentimiento, como el de culpa, y así descargarse de él? Por eso escribió en el cuaderno que «las emociones son un caso complejo de la narrativa, anomalías que lo condicionan todo y con las que hay que estar atento para no caer en su trampa», y que a pesar de ello «las emociones tienden a atenuarse en el tiempo, lo que va modificando la realidad de nuestros recuerdos emotivos. Y si los recuerdos son narrativa [...] ». Entre tanto pensamiento deductivo se percató de que estaba cayendo en un infinito proceso recursivo que no le llevaba a ninguna parte. Así que terminó de narrar sus pensamientos, cerró el cuaderno y lo tituló: 

Tratado sobre el Ser 
(La Mente y su infinita Narrativa)

Acto seguido, olvidó todo y empezó a interesarse por la política. Sin querer estaba siguiendo el camino del filósofo. Y cada tomo temático nuevo que iba escribiendo era el tiempo justo que había entre sentir curiosidad por algo y aburrirse de ello; justo el tiempo para mantenerse cuerdo y no volverse loco. Esa era su vacuna contra la locura: perder la motivación con frecuencia y tener mala memoria. Cada tratado era para él una nueva vida. Una nueva narrativa.


Y archivó esta época para siempre. 

domingo, 9 de julio de 2017

Todo lo que no dijo

«¡Crack!» Fue la onomatopeya de la ruptura, del explosivo sonido que se produjo al reventar el reloj contra la pared. Miles de pedazos de reloj escaparon de su esfera, ahora, todos ellos, invasores del suelo. Nada ni nadie escapaba de la gravedad. Touché

Observó el resultado de haber estado reprimiendo tanto durante tanto tiempo.  Las manecillas horario y minutero estaban sobre el suelo, desprendidas del reloj, no así la del segundero, que seguía girando solitaria en la esfera como si estuviese atrapada en un eterno minuto, en un cíclico tic, tac que no entiende de metáforas, de comparaciones ni de personificaciones. Y justo en ese segundo intuyó el significado de lo que acababa de ocurrir. Aquel caos era irreparable. ¿No era el todo mayor que la suma de las partes? Pues aquello nunca más volvería a ser, ni siquiera siendo el mejor relojero del mundo. Ya no. Ya nunca.
«Tic»  Ya, fin.
«Tac» Era su forma de exteriorizar lo que llevaba meses fraguando en su interior, hasta hoy, que todo explotó dejándole un mosaico de emociones dificil de digerir. 
«Tic» E intantaba huir de ese estado obsesivo que se repetía una y mil veces. En el mismo minuto.
«Tac» En el mismo maldito minuto.
«Tic» Gritó de desesperación, buscando un consuelo que no llegaría. No de momento.
«Tac» «», suplicó, «tú, por favor, si existes, contesta. Te siento como nunca. Óyeme. Dime que estás ahí. Sé que nuestras mentes, allá por el infinito, están conectadas y que de alguna forma me sientes cuando yo te siento con esta intensidad», se repetía, intentando recuperar la seguridad en sí mismo. 
«Tic» Quería creer en su alma gemela, que de existir, estaría entrelazado a él, como si el amor o la mente pudiesen cuantificarse cuánticamente y algo las entrelazara de igual a igual, de alma gemela a alma gemela.
«Tac» Y que el destino de encontrarse fuese inevitable.
«Tic» Siempre.
«Tac» Una y otra vez.


Quería creer. Sabía que podía hacerlo. Debía haber algún sentido en la existencia, en el tiempo, o la mente... ésta debería tener algun significado. O algo. O alguien. 

Plof.

sábado, 8 de julio de 2017

Next

Allí estaba él, sobre una toalla en la playa acariciando la esquina superior de la página 184 del libro Coma, de Robin Cook. Tras diez minutos atascado en el mismo párrafo quería pasar ya la página para sentir que avanzaba. ¿La causa del no-avance? Su mente, que divagaba distraída entre pensamientos concurrentes. Él, desde la adolescencia, sentía que la playa le hastiaba y le atosigaba, pero ahora, en la treintena, había aprendido a disfrutar de los distintos elementos que la conformaban: la arena, el mar y el sol. Le asombraba que estos tres elementos existiesen incluso antes que el mismísimo homo sapiens; ellos, tan simples y primitivos, eran motivo de una compleja disertación sobre la paz que le producían estos días de vacaciones. Las playas no eran un accidente del placer humano, les antecedían por mucho.
—¡Uf, el origen de las playas data de millones de años atrás! Y yo sin saber disfrutarlas hasta este verano. Es un cambio, algo extraño en mí —levantó la mirada de la novela y se percató de que ésta había cumplido 42 años desde su publicación. Era un thriller médico basado en 1975. Sus páginas, amarillentas, señalaban su doble vejez; en cambio, su texto, le transportaba a una historia casi acrónica en la que los hospitales, sus salas de emergencias, sus procedimientos rutinarios y sus personajes parecían actuales. Podría decirse que a 8 de julio de 2017, la narración de 1975 se había adaptado perfectamente a los tiempos. Algo así era como él se sentía:  sus emociones y su empatía con y hacia el mundo permanecían intactos desde que tenía uso de razón.
—...no he cambiado en nada—se decía— Este no-cambio, ¿no dotaba de atemporalidad al ser humano? Ya que por muy único, temporal y concreto que éste humano sea... acababa siendo un ser acrónico, un ser constante e incomprendido de su época. El mundo es cambio y su gente sigue patrones biológicos marcados por la edad—seguía divagando. Él no sentía el instinto reproductivo, estaba atrapado en el torbellino que supone no haber evolucionado como los demás y escapar se le hacía muy difícil. Hablando claro y sin metáforas, lo que se le hacía imposible era readaptarse.

Su vida era de un contraste claramente bipolar, o blanco o negro, o tormenta o sol, o cero o uno. Como ejemplo, era un buen tecnólogo que solía dársele bien predecir hacia dónde se dirigía tanto el ser humano como su preocupante adicción a la tecnología. Por contra, lo que se le daba fatal era predecirse. Había pasado de leer ebooks en el kindle, a leer antiguas colecciones de éxitos en papel. Había abandonado la programación por la geopolítica. Y había dejado de ser ingeniero informático para ser persona. En definitiva, era(o es) una persona que ha pasado de estar profundamente distraída con cualquier ente tecnológico a querer estar profundamente distraída con el mundo que le rodea. Él quiere huir de contrastes tan drásticos y percibir el mundo como un continuo de colores. Él quiere dejar de sentirse acrónico para avanzar a la siguiente página. Él quiere dejar de sentirse él y quiere ser yo.
Suspiró.
—Allá voy—se dijo.
Y cerró el libro.

viernes, 30 de junio de 2017

Hasta abstraerse

Estaba embriagado por el sonido característico de la noche del campo, por ese rugido mudo pero constante que habitaba en el aire y que impedía que el silencio absoluto existiese. Ese sonido, indescriptible, se veía adornado por algún insecto ocioso que con sus pasos hacía crepitar a las hierbas. Y así, sin más, de repente, un grillo comenzaba su sinfonía particular a ritmo de cri, cri, cri; un canto que no le hacía sino más localizable y, por tanto, vulnerable a cualquier felino juguetón que merodease por la zona. Y ahí estaba él, atreviéndose a ser el improvisado director de orquesta de la noche.

Aquella era una paz que le transportaba al pasado, atrapándole en una hermosa nostalgia que le recordaba a cuando sentía algo por el mundo. Se refería a cuando era un enano y todo le parecía imponente, digno de ser vivido o experimentado. A la vida. Siempre pensó que vivir con tanta intensidad era insano para el desarrollo normal de un crío, pero el mundo no pregunta, sino que impone, arrolla y no se detiene bajo ninguna circunstancia, comportándose como un monstruo insensible que no espera a nadie. Ya. Ésta era una visión del mundo muy humana, puesto que éste no escapa de ser algo inerte cuyo único fin es seguir existiendo un día tras otro, en ciclos de días y noches que nos sobreviven con pasividad, dejándonos bien claro que su monotonía no nos necesita, y que, una vez muertos, todo seguiría igual, demostrándonos en un arrebato de realidad que la nada también puede trascender. Esta nada era perpetua y el único fin de todo. Así de simple. La nada, tan vacía y con tanto significado... Pero lo que le inquietaba no era eso, era preguntarse qué le había ocurrido estos años para olvidar tan inmenso conjunto de sensaciones. Algo cruel, seguro, que le daba miedo responder por no volver a abrir etapas de la vida ya quemadas.

Tenía que aprender a contenerse, a no divagar, a detenerse en la belleza del mundo hasta ser completamente absorbido por ella. Era la única forma de volver a sonreir como aquel niño que fue.


Genialidad o Delirio

La mente, mareada, le dió varias vueltas tras saltar y escapar del muro que la hubo mantenido reclusa durante tan largo tiempo. Ahora, en s...