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Mostrando entradas de julio, 2017

Genialidad o Delirio

La mente, mareada, le dió varias vueltas tras saltar y escapar del muro que la hubo mantenido reclusa durante tan largo tiempo. Ahora, en su renacido cosmo de reglas de estilo, con su mente más allá del muro, todas las direcciones volvían a ser posibles. Volvía a ser. Regresó libre.
Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.Capítulo 1.- Rayuela Nuestro anónimo personaje era un escritor novel, ingenuo y engreído que iba a atreverse a juzgar al autor de Rayuela, es decir, a Julio Cortázar, uno de los grandes maestros de la literatura contemporánea. Él, fruto de su pretenciosidad, quiso compararse con el maestro, subrayando con lápiz los pasajes que le recordaron a algunos de sus viejos escritos. Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad. La Maga no sabía que mis besos e…

Ambivalencia Obsesiva

"Por muy tarde que fuese, cada noche, antes de dormir, recordaba su vida anterior. En esa vida no había sido una buena persona aunque, si se esforzaba y hacía un ejercicio de franqueza, tampoco consideraba que hubiese actuado con excesiva maldad; más bien había sido una persona egoísta. Esto, quizá, era lo quería creer para no sentirse alguien siniestro y culpable. Y esto último sí que era egoísmo. Él lo sabía.«¿Cuánto tardaré en olvidar mis desdichas?», su pregunta profundizaba sobre su permanencia en el infierno mental que recreaba todas las noches, un infierno que le mantenía preso entre sus pecados y un insomnio que no desaparecía hasta varias horas después. Al menos, se decía, el sentimiento de culpabilidad descartaba que fuese un psicópata sin escrúpulos. Sólo necesitaba perdonarse por haber hecho sufrir a la persona que más quería, pero perdonarse no entraba dentro de sus mejores aptitudes. Sería una empresa larga y difícil que, en su idioma, significaba que iba a ser una …

Narrativa

Se resistía a admitir que lo que le ocurrió años atrás fue debido a un mal momento personal. Además, era demasiado orgulloso para aceptar que sus formas de actuar no fueron las idóneas. Pero es que, una vez hubo reconocido las sensaciones, supo que no aguantaría más. Su vida sentimental acababa de hacer crack y estaba con esa tensión reprimida que le pedía a gritos que hiciera saltar todo por los aires. Todo. ¿Las consecuencias? no le importaban. Podría haber huido como hacen los cobardes, pero estaba demasiado anclado a la raíz del problema. Por eso decidió inmolarse de forma controlada, por si aún existía una remota posibilidad de reparar lo que creía ya irreparable. —Soy un ser destructivo—se dijo frente al espejo, observando sus prominentes ojeras. Entonces recordó que la noche anterior estuvo escribiendo hasta muy tarde. Se dirigió a la mesita de noche y cogió el cuaderno, que se abrió automáticamente por las últimas anotaciones. La caligrafía era pésima pero con esfuerzo consig…

Todo lo que no dijo

«¡Crack!» Fue la onomatopeya de la ruptura, del explosivo sonido que se produjo al reventar el reloj contra la pared. Miles de pedazos de reloj escaparon de su esfera, ahora, todos ellos, invasores del suelo. Nada ni nadie escapaba de la gravedad. Touché
Observó el resultado de haber estado reprimiendo tanto durante tanto tiempo.  Las manecillas horario y minutero estaban sobre el suelo, desprendidas del reloj, no así la del segundero, que seguía girando solitaria en la esfera como si estuviese atrapada en un eterno minuto, en un cíclico tic, tac que no entiende de metáforas, de comparaciones ni de personificaciones. Y justo en ese segundo intuyó el significado de lo que acababa de ocurrir. Aquel caos era irreparable. ¿No era el todo mayor que la suma de las partes? Pues aquello nunca más volvería a ser, ni siquiera siendo el mejor relojero del mundo. Ya no. Ya nunca.
«Tic»  Ya, fin. «Tac» Era su forma de exteriorizar lo que llevaba meses fraguando en su interior, hasta hoy, que to…

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Allí estaba él, sobre una toalla en la playa acariciando la esquina superior de la página 184 del libro Coma, de Robin Cook. Tras diez minutos atascado en el mismo párrafo quería pasar ya la página para sentir que avanzaba. ¿La causa del no-avance? Su mente, que divagaba distraída entre pensamientos concurrentes. Él, desde la adolescencia, sentía que la playa le hastiaba y le atosigaba, pero ahora, en la treintena, había aprendido a disfrutar de los distintos elementos que la conformaban: la arena, el mar y el sol. Le asombraba que estos tres elementos existiesen incluso antes que el mismísimo homo sapiens; ellos, tan simples y primitivos, eran motivo de una compleja disertación sobre la paz que le producían estos días de vacaciones. Las playas no eran un accidente del placer humano, les antecedían por mucho. —¡Uf, el origen de las playas data de millones de años atrás! Y yo sin saber disfrutarlas hasta este verano. Es un cambio, algo extraño en mí —levantó la mirada de la novela y s…