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Allí estaba él, sobre una toalla en la playa acariciando la esquina superior de la página 184 del libro Coma, de Robin Cook. Tras diez minutos atascado en el mismo párrafo quería pasar ya la página para sentir que avanzaba. ¿La causa del no-avance? Su mente, que divagaba distraída entre pensamientos concurrentes. Él, desde la adolescencia, sentía que la playa le hastiaba y le atosigaba, pero ahora, en la treintena, había aprendido a disfrutar de los distintos elementos que la conformaban: la arena, el mar y el sol. Le asombraba que estos tres elementos existiesen incluso antes que el mismísimo homo sapiens; ellos, tan simples y primitivos, eran motivo de una compleja disertación sobre la paz que le producían estos días de vacaciones. Las playas no eran un accidente del placer humano, les antecedían por mucho.
—¡Uf, el origen de las playas data de millones de años atrás! Y yo sin saber disfrutarlas hasta este verano. Es un cambio, algo extraño en mí —levantó la mirada de la novela y se percató de que ésta había cumplido 42 años desde su publicación. Era un thriller médico basado en 1975. Sus páginas, amarillentas, señalaban su doble vejez; en cambio, su texto, le transportaba a una historia casi acrónica en la que los hospitales, sus salas de emergencias, sus procedimientos rutinarios y sus personajes parecían actuales. Podría decirse que a 8 de julio de 2017, la narración de 1975 se había adaptado perfectamente a los tiempos. Algo así era como él se sentía:  sus emociones y su empatía con y hacia el mundo permanecían intactos desde que tenía uso de razón.
—...no he cambiado en nada—se decía— Este no-cambio, ¿no dotaba de atemporalidad al ser humano? Ya que por muy único, temporal y concreto que éste humano sea... acababa siendo un ser acrónico, un ser constante e incomprendido de su época. El mundo es cambio y su gente sigue patrones biológicos marcados por la edad—seguía divagando. Él no sentía el instinto reproductivo, estaba atrapado en el torbellino que supone no haber evolucionado como los demás y escapar se le hacía muy difícil. Hablando claro y sin metáforas, lo que se le hacía imposible era readaptarse.

Su vida era de un contraste claramente bipolar, o blanco o negro, o tormenta o sol, o cero o uno. Como ejemplo, era un buen tecnólogo que solía dársele bien predecir hacia dónde se dirigía tanto el ser humano como su preocupante adicción a la tecnología. Por contra, lo que se le daba fatal era predecirse. Había pasado de leer ebooks en el kindle, a leer antiguas colecciones de éxitos en papel. Había abandonado la programación por la geopolítica. Y había dejado de ser ingeniero informático para ser persona. En definitiva, era(o es) una persona que ha pasado de estar profundamente distraída con cualquier ente tecnológico a querer estar profundamente distraída con el mundo que le rodea. Él quiere huir de contrastes tan drásticos y percibir el mundo como un continuo de colores. Él quiere dejar de sentirse acrónico para avanzar a la siguiente página. Él quiere dejar de sentirse él y quiere ser yo.
Suspiró.
—Allá voy—se dijo.
Y cerró el libro.

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