lunes, 10 de julio de 2017

Narrativa

Se resistía a admitir que lo que le ocurrió años atrás fue debido a un mal momento personal. Además, era demasiado orgulloso para aceptar que sus formas de actuar no fueron las idóneas. Pero es que, una vez hubo reconocido las sensaciones, supo que no aguantaría más. Su vida sentimental acababa de hacer crack y estaba con esa tensión reprimida que le pedía a gritos que hiciera saltar todo por los aires. Todo. ¿Las consecuencias? no le importaban. Podría haber huido como hacen los cobardes, pero estaba demasiado anclado a la raíz del problema. Por eso decidió inmolarse de forma controlada, por si aún existía una remota posibilidad de reparar lo que creía ya irreparable.
—Soy un ser destructivo—se dijo frente al espejo, observando sus prominentes ojeras. Entonces recordó que la noche anterior estuvo escribiendo hasta muy tarde. Se dirigió a la mesita de noche y cogió el cuaderno, que se abrió automáticamente por las últimas anotaciones. La caligrafía era pésima pero con esfuerzo consiguió descifrarla.
«Las personas son pura narrativa, como este texto o como lo que piense y escriba mañana. Las vivencias existen en cuanto que pueden ser recuperadas de la memoria autobiográfica y ser expresadas con palabras, tomando (sólo entonces) consciencia de ellas. Estos hechos vividos, al ser recuperados de la memoria y ser interpretados por la conciencia, son distorsionados; es decir, un hecho pasado es solo un recuerdo traído a la mente, siendo una mera aproximación de una realidad ya pasada. La primera conclusión de esto es que la conciencia es un proceso cognitivo que sólo existe en nuestro presente inmediato, es decir, somos conscientes de algo para inmediatamente dejar de serlo. La segunda conclusión es que [...]. Resumiendo, somos la constante reinterpretación de nuestros recuerdos, una reinterpretación recursiva. Reinventamos la realidad a nuestro gusto, narrándonosla y renarrándonosla arbitrariamente y, sí, estamos condenados a no entendernos jamás, cada paso que damos hacia nuestro entendimiento es un paso en vano, caminando en ciclos sobre un laberinto sin salida. Sobre las emociones, puedo admitir que no encajan dentro de la narrativa pero, en su conjunto, pueden verse como patrones de personalidad que pueden ser, también, narrados; es decir, no importa cómo sientas en un instante, sino su contexto y cómo éstas emociones te afecten, por tanto, podemos describir el contexto de una emoción para que el lector empatice con ellas. ¿Existe algo de la psique que no pueda ser narrado?»

Inspiró profundamente conteniendo la respiración. ¿Por qué divagaba sobre narrativa? Era un texto denso y complejo. Por fin, expiró, expulsando junto al aire todas sus dudas. Estaba de acuerdo con lo que acababa de leer pero, por supuesto, dentro de unos márgenes. Si la única forma de narrar una emoción era describirla y contextualizarla mediante una serie de puntos con los que el lector simpatizase, entonces, intentar modelar la psicología de las personas en unos pocos párrafos era una quimera. Ciertamente, era una basta aproximación incompleta pero que, como base, le serviría para el experimento que iba a llevar a cabo. Cogería escritos suyos y se drogaría para darle un plus a la distorsión que ya supone recordarlos. A aquello que los textos le evocaban le iba a asociar nuevos matices. Nuevos colores. Para ello, la marihuana era perfecta ya que es una droga que modifica el proceso asociativo del cerebro. Quería confirmar su tesis de que, si el ser humano era pura narrativa, le bastaría con recrearse en textos pasados el suficiente tiempo como para alterar los recuerdos que le evocaban. Esto es, crearía nuevos recuerdos, similares a los anteriores, pero distorsionando lo distorsionado(lo recordado) hasta que los textos tuviesen una motivación distinta a la original. Es decir, si la motivación al escribir un texto fue X, ahora sería X', y esto, por su forma impersonal y sintetizadora de escribir, no le sería difícil. Iba a enloquecer controladamente sobre unos esquemas previos; esa era la idea.

Las primeras dos semanas estuvo todo el tiempo bajo los efectos psicoactivos del cannabis, hasta la intoxicación aguda y más allá, siguiendo siempre el roadmap preestablecido. Vivió mil aventuras en su mente, todas de acción y persecución, todas derivaciones de sus textos, como había calculado. Hasta tuvo un episodio de erotomanía que le hizo ser consciente de que todavía podía enamorarse. Fue entonces cuando tomó conciencia de que tenía que acabar con todo, con el experimento y con su vida actual. Clic. Y pulsó el detonador para observar la explosión de su vida en mil pedazos. 

Las siguientes dos semanas fueron de crisis total. Al cambio abrupto de vida se le sumó el proceso de desintoxicación, pero esto no fue lo peor, sino el orgullo de querer creer que lo que había estado haciendo tenía algún sentido. «¡Por supuesto que lo tenía!», quería creer. Intentó racionalizar sus últimas semanas, buscándo la lógica que le llevó a creer que estaba haciendo algo productivo con su vida, pero su agitación mental le hacia verlo todo con delirios de grandeza. Ese estado de grandilocuencia era debido al episodio hipomaniaco residual provocado por las drogas psicoestimulantes. 

Meses después, cuando todo por fin hubo pasado, observó tanto el proceso experimental como sus consecuencias. Lo admitía: el experimento fue una excusa para desconectar de su frustrada e infeliz vida, llevándolo al límite hasta perder el autocontrol. Sin embargo, nada le impedió aprovechar la experiencia vivida para sacar sus propias conclusiones. Debía ser cruelmente escrupuloso para no caer en sesgos porque, si somos narrativa como quería demostrar, ¿no estaría intentando resumir varias narraciones en una nueva narrativa? ¿Y si ésta nueva narrativa fuese el resultado de querer justificar algún sentimiento, como el de culpa, y así descargarse de él? Por eso escribió en el cuaderno que «las emociones son un caso complejo de la narrativa, anomalías que lo condicionan todo y con las que hay que estar atento para no caer en su trampa», y que a pesar de ello «las emociones tienden a atenuarse en el tiempo, lo que va modificando la realidad de nuestros recuerdos emotivos. Y si los recuerdos son narrativa [...] ». Entre tanto pensamiento deductivo se percató de que estaba cayendo en un infinito proceso recursivo que no le llevaba a ninguna parte. Así que terminó de narrar sus pensamientos, cerró el cuaderno y lo tituló: 

Tratado sobre el Ser 
(La Mente y su infinita Narrativa)

Acto seguido, olvidó todo y empezó a interesarse por la política. Sin querer estaba siguiendo el camino del filósofo. Y cada tomo temático nuevo que iba escribiendo era el tiempo justo que había entre sentir curiosidad por algo y aburrirse de ello; justo el tiempo para mantenerse cuerdo y no volverse loco. Esa era su vacuna contra la locura: perder la motivación con frecuencia y tener mala memoria. Cada tratado era para él una nueva vida. Una nueva narrativa.


Y archivó esta época para siempre. 

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